Fiesta de la Madre de la Iglesia

Hoy, lunes siguiente a Pentecostés, celebramos esta recién festividad de la Madre de la Iglesia. La Virgen María, que es Madre de Cristo y, a la vez, Madre de la Iglesia.

Unir esta celebración a Pentecostés, es significativo. Desde el momento de la Encarnación o Anunciación hay una estrecha vinculación entre el Espíritu Santo y la Santísima María. Y cabe decir que allí donde está Ella está el Espíritu Santo.

La Virgen María, protagonista en el nacimiento de Jesús, también es lo en el nacimiento de su Iglesia. Allí, en Pentecostés estuvo Ella, junto y con los apóstoles, cuando Cristo insufló su Espíritu encomendándoles llevar su Evangelio a todo el mundo.

La Virgen está al principio de la Salvación, en la entra de Dios en la Historia Humana, en el curso de su vida entre los hombres y, al final,  en su muerte en la cruz.

Al igual, la Virgen estuvo en el nacimiento del Cuerpo Místico de su Hijo, la Iglesia, al pie de la cruz, en el Cenáculo, y lo ha estado a lo largo de su historia, y lo estará al final de los tiempos… protegiendo de la Iglesia y a sus hijos. (Les invitamos a leer: «La Virgen María, madre protectora de la Iglesia« y «San Luis María Grignon de Monfort, 28 de abril«).

El papa Francisco, que instituyó en 2018 esta fiesta, dijo: «La María es, al mismo tiempo, madre de Cristo, Hijo de Dios, y madre de los miembros de su cuerpo místico, es decir, la Iglesia. Estas consideraciones derivan de la maternidad divina de María y de su íntima unión a la obra del Redentor, culminada en la hora de la cruz. En efecto, la Madre, que estaba junto a la cruz (cf. Jn 19, 25), aceptó el testamento de amor de su Hijo y acogió a todos los hombres, personificados en el discípulo amado, como hijos para regenerar a la vida divina, convirtiéndose en amorosa nodriza de la Iglesia que Cristo ha engendrado en la cruz, entregando el Espíritu. A su vez, en el discípulo amado, Cristo elige a todos los discípulos como herederos de su amor hacia la Madre, confiándosela para que la recibieran con afecto filial.(…) María, solícita guía de la Iglesia naciente, inició la propia misión materna ya en el cenáculo, orando con los Apóstoles en espera de la venida del Espíritu Santo (cf. Hch 1,14). Con este sentimiento, la piedad cristiana ha honrado a María, en el curso de los siglos, con los títulos, de alguna manera equivalentes, de Madre de los discípulos, de los fieles, de los creyentes, de todos los que renacen en Cristo y también `Madre de la Iglesia´» (Decreto de la Congregación para el Culto Divino).

 

Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios y su Iglesia; líbranos de todo peligro, ¡oh siempre Virgen, gloriosa y bendita!